Oscuridad – Lord Byron (George Gordon)

Poema Darkness de Lord Byron traducido por Pablo Alejos Flores.


Traducción

He tenido un sueño, aunque no fue del todo un sueño. El brillante sol estaba extinto y las estrellas vagaban apagándose en el espacio eterno, opacas, sin rumbo alguno, y la Tierra gélida oscilaba ciega en el aire, ennegreciéndose; el alba vino y se fue —tornó, mas sin el día— y los hombres olvidaron sus pasiones por pavor a esta desolación suya; y las almas todas se escalofriaron y comenzaron a orar por luz, con intereses egoístas. Vivieron al lado de fogatas… y los tronos, los palacios de los coronados reyes… los refugios, las moradas de todas las cosas que ahí residían, fueron quemados para servir de faros; las ciudades fueron consumidas por el fuego y los hombres se reunieron alrededor de sus hogares llameantes para verse la cara uno al otro una vez más; estaban felices aquellos que vivían dentro del ojo de los volcanes, de su antorcha montañosa.

Todo el mundo contenía una esperanza temerosa; los bosques se incendiaron… se caían y desvanecían a cada hora… y los crujientes troncos se extinguieron al colisionar… y todo era negro. La frente de los hombres, por causa de la luz desesperanzadora, manifestaba un aspecto sobrenatural, mientras los destellos caían sobre estos erráticamente; unos se tumbaron al suelo, escondieron sus ojos y lloraron; unos reposaron sus mentones sobre sus constreñidas manos y sonrieron; otros corrieron de un lado a otro y avivaron sus piras funerarias con combustible, después levantaron la mirada con histérica inquietud hacia el opaco cielo, hacia el paño mortuorio de un difunto mundo; luego, mediante maldiciones, fueron lanzados nuevamente sobre el polvo, donde rechinaron sus dientes y aullaron. Las aves salvajes chillaron y, aterrorizadas, aletearon en el suelo y batieron sus inútiles alas; las más salvajes bestias se acercaron mansas y trémulas; las víboras se arrastraron y se unieron a la multitud, siseando, pero sin colmillos… ellas fueron aniquiladas para servir de alimento.

Y la Guerra, que dejó de existir por un momento, abundó de nuevo. La comida se compraba con sangre, cada uno se saciaba en silencio, apartado de los demás, atiborrándose de comida en las sombras. No había más amor; toda la tierra no era nada más que un pensamiento —el cual trataba sobre la muerte inmediata y deshonrosa, y sobre la punzada de la hambruna en todas las entrañas— los hombres murieron y ni sus huesos ni su carne tenían una tumba; lo flaco devoraba a lo flaco, incluso los perros embistieron a sus dueños, todos excepto uno, uno que era leal a un cadáver, este mantuvo a las aves, a las bestias y a los hombres hambrientos a raya, hasta que el hambre se los llevaba o hasta que los muertos cayentes atraían a sus larguiruchas mandíbulas; él no buscó comida, pero con un gemido lamentoso y perpetuo, y con un corto llanto desolado, lamiendo la mano que no respondió con una caricia… expiró.

La muchedumbre, poco a poco, estaba más famélica; pero sobrevivieron dos de una ciudad enorme, ellos eran enemigos. Se conocieron al lado de las brasas incandescentes de un altar, en donde se encontraban apiladas una gran cantidad de objetos sagrados para un uso profano; ellos buscaron dentro del montón y rasparon, temblando, con sus esqueléticas manos, las exánimes cenizas, y su exánime aliento dio un pequeño soplo de vida a una llama que era fútil; luego ambos levantaron la mirada en cuanto esta llama crecía, y se vieron las caras —se vieron, temblaron y murieron— murieron a la par por su mutua y extrema fealdad, sin saber a quién fue que la hambruna había escrito Demonio en su frente. El mundo estaba vacío, lo populoso y lo poderoso eran un bulto, sin estaciones, ni hierbas, ni árboles, ni hombres, ni vida —un bulto de muerte— un caos de barro sólido.

Todos los ríos, lagos y océanos permanecieron quietos, nada se movía dentro de sus profundidades mudas; los barcos, sin navegantes, están deteriorándose sobre el mar, y sus mástiles se cayeron en pedazos. Mientras caían, dormían en el abismo sin ola alguna… las olas estaban muertas; las mareas estaban en su sepultura, la luna, su señora, había fallecido antes; los vientos estaban mustios en el estancado aire y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba de la ayuda de todos ellos —Ella era el Universo.

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Poema original

Darkness

I had a dream, which was not all a dream.
The bright sun was extinguish'd, and the stars
Did wander darkling in the eternal space,
Rayless, and pathless, and the icy earth
Swung blind and blackening in the moonless air;
Morn came and went—and came, and brought no day,
And men forgot their passions in the dread
Of this their desolation; and all hearts
Were chill'd into a selfish prayer for light:
And they did live by watchfires—and the thrones,
The palaces of crowned kings—the huts,
The habitations of all things which dwell,
Were burnt for beacons; cities were consum'd,
And men were gather'd round their blazing homes
To look once more into each other's face;
Happy were those who dwelt within the eye
Of the volcanos, and their mountain-torch:
A fearful hope was all the world contain'd;
Forests were set on fire—but hour by hour
They fell and faded—and the crackling trunks
Extinguish'd with a crash—and all was black.
The brows of men by the despairing light
Wore an unearthly aspect, as by fits
The flashes fell upon them; some lay down
And hid their eyes and wept; and some did rest
Their chins upon their clenched hands, and smil'd;
And others hurried to and fro, and fed
Their funeral piles with fuel, and look'd up
With mad disquietude on the dull sky,
The pall of a past world; and then again
With curses cast them down upon the dust,
And gnash'd their teeth and howl'd: the wild birds shriek'd
And, terrified, did flutter on the ground,
And flap their useless wings; the wildest brutes
Came tame and tremulous; and vipers crawl'd
And twin'd themselves among the multitude,
Hissing, but stingless—they were slain for food.
And War, which for a moment was no more,
Did glut himself again: a meal was bought
With blood, and each sate sullenly apart
Gorging himself in gloom: no love was left;
All earth was but one thought—and that was death
Immediate and inglorious; and the pang
Of famine fed upon all entrails—men
Died, and their bones were tombless as their flesh;
The meagre by the meagre were devour'd,
Even dogs assail'd their masters, all save one,
And he was faithful to a corse, and kept
The birds and beasts and famish'd men at bay,
Till hunger clung them, or the dropping dead
Lur'd their lank jaws; himself sought out no food,
But with a piteous and perpetual moan,
And a quick desolate cry, licking the hand
Which answer'd not with a caress—he died.
The crowd was famish'd by degrees; but two
Of an enormous city did survive,
And they were enemies: they met beside
The dying embers of an altar-place
Where had been heap'd a mass of holy things
For an unholy usage; they rak'd up,
And shivering scrap'd with their cold skeleton hands
The feeble ashes, and their feeble breath
Blew for a little life, and made a flame
Which was a mockery; then they lifted up
Their eyes as it grew lighter, and beheld
Each other's aspects—saw, and shriek'd, and died—
Even of their mutual hideousness they died,
Unknowing who he was upon whose brow
Famine had written Fiend. The world was void,
The populous and the powerful was a lump,
Seasonless, herbless, treeless, manless, lifeless—
A lump of death—a chaos of hard clay.
The rivers, lakes and ocean all stood still,
And nothing stirr'd within their silent depths;
Ships sailorless lay rotting on the sea,
And their masts fell down piecemeal: as they dropp'd
They slept on the abyss without a surge—
The waves were dead; the tides were in their grave,
The moon, their mistress, had expir'd before;
The winds were wither'd in the stagnant air,
And the clouds perish'd; Darkness had no need
Of aid from them—She was the Universe. 

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